Teodoro Ríos Sola y los secretos del Pilar: tres generaciones de arquitectos al cuidado de la Basílica

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«La entrecubierta inaccesible de la basílica del Pilar es una preciosidad». Con esta sugerente afirmación, el arquitecto zaragozano Teodoro Ríos Sola resumía recientemente uno de los aspectos más desconocidos de un edificio que conoce como muy pocos.

La frase permite asomarnos a ese otro Pilar que permanece oculto a los ojos de quienes recorren sus naves: el de las cubiertas, estructuras y espacios inaccesibles que hacen posible la conservación de uno de los monumentos más importantes de Aragón.

Pero hablar de Teodoro Ríos Sola y del Pilar supone también hablar de una extraordinaria historia familiar. Durante cerca de un siglo, tres generaciones de arquitectos de la familia Ríos han estado estrechamente vinculadas a la conservación de la Basílica.

Tres generaciones de arquitectos y un mismo templo

La relación comenzó con Teodoro Ríos Balaguer (1887-1967), continuó con su hijo Teodoro Ríos Usón (1922-2010) y llegó hasta Teodoro Ríos Sola, nacido en Zaragoza en 1949.

Esta trayectoria ha sido reconocida en 2026 con el II Premio Honorífico Fernando García Mercadal, concedido a las tres generaciones de la familia Ríos por una actividad profesional que comprende arquitectura, restauración, investigación, conservación y divulgación del patrimonio.

Dentro de esa extensa labor, la Basílica del Pilar ocupa un lugar privilegiado.

La vinculación comenzó en uno de los momentos más delicados de la historia contemporánea del edificio. En 1929 se detectaron graves problemas en su cimentación y el templo llegó a encontrarse en riesgo.

Fue entonces cuando intervino Teodoro Ríos Balaguer.

1929: cuando el Pilar volvió a amenazar ruina

La proximidad del Ebro ha condicionado desde antiguo la construcción y conservación de la Basílica. Las corrientes subterráneas y las filtraciones afectaron históricamente a una cimentación que había soportado además siglos de construcciones, ampliaciones y transformaciones.

En 1929 la situación se volvió especialmente preocupante.

Teodoro Ríos Balaguer asumió entonces unos importantes trabajos de consolidación. Se inyectaron grandes cantidades de hormigón en las antiguas cimentaciones y se repararon las grietas aparecidas en pilares, bóvedas y cúpulas.

Las obras se prolongaron durante años y no concluyeron hasta 1940.

Su intervención resultó fundamental para garantizar la estabilidad del edificio y abrió una relación entre los Ríos y el Pilar que continuaría durante las décadas siguientes.

Ríos Balaguer intervino posteriormente en otros elementos del templo y fue también responsable de la transformación de su fachada principal, cuyo diseño actual está profundamente condicionado por su proyecto.

De padres a hijos

La responsabilidad pasó después a Teodoro Ríos Usón y posteriormente a Teodoro Ríos Sola, que continuó la relación de su familia con la conservación del monumento.

El resultado es una circunstancia poco habitual: tres generaciones sucesivas de arquitectos han podido estudiar el mismo edificio, conocer sus problemas estructurales y transmitir de padres a hijos la experiencia acumulada.

A ello se suma un elemento de extraordinario interés: Teodoro Ríos Sola conserva el archivo documental generado por sus antecesores.

Planos, proyectos, estudios e información acumulada durante décadas constituyen así una auténtica memoria técnica del Pilar y permiten comprender cómo ha evolucionado el edificio y cómo se ha intervenido sobre él.

El otro Pilar que no podemos ver

Quienes entran en la Basílica contemplan sus grandes naves, bóvedas, cúpulas y pilares. Sin embargo, existe otro Pilar prácticamente desconocido.

Por encima de las bóvedas se encuentran las estructuras que sostienen y protegen las cubiertas del templo. Son espacios de difícil acceso que habitualmente quedan fuera de cualquier visita.

Precisamente a uno de esos lugares se refería Teodoro Ríos Sola al señalar que «la entrecubierta inaccesible de la basílica del Pilar es una preciosidad».

La expresión resulta especialmente reveladora.

Estamos acostumbrados a identificar el valor artístico del Pilar con aquello que podemos contemplar: la Santa Capilla de Ventura Rodríguez, las pinturas de Goya, el retablo de Damián Forment, las cúpulas o sus características torres.

Pero un edificio de estas dimensiones encierra también una arquitectura invisible.

Detrás de las superficies decoradas existen estructuras, espacios de mantenimiento, cubiertas y soluciones constructivas que permiten sostener y proteger el enorme conjunto arquitectónico.

Para un arquitecto que ha pasado décadas recorriendo y estudiando el monumento, esos lugares pueden resultar tan fascinantes como los espacios que conoce el público.

Un edificio que necesita cuidados permanentes

La historia del Pilar demuestra, además, que la conservación de un monumento de estas características nunca puede darse por terminada.

Desde que comenzó la construcción del gran templo barroco en 1681, sus arquitectos tuvieron que enfrentarse a las dificultades derivadas del terreno y de la cercanía del Ebro. Las cimentaciones de la parte próxima al río fueron precisamente una de las primeras preocupaciones de los constructores.

Los problemas reaparecieron en distintas épocas y explican las importantes actuaciones emprendidas durante el siglo XX.

Teodoro Ríos Sola ha continuado esa labor participando en diferentes intervenciones de conservación, entre ellas trabajos relacionados con tejados y cubiertas, las torres y otras estructuras del templo.

La vigilancia del edificio, por tanto, forma parte de su propia historia.

El Pilar, una obra de siglos

La experiencia de la familia Ríos permite comprender también una característica esencial de la Basílica: el Pilar no puede atribuirse a un único arquitecto ni a una única época.

El edificio que hoy contemplamos es el resultado de siglos de proyectos, modificaciones, ampliaciones, reparaciones y restauraciones.

La construcción del gran templo actual comenzó a finales del siglo XVII. Durante el XVIII intervinieron arquitectos como Felipe Sánchez, Francisco de Herrera el Mozo y, de manera decisiva, Ventura Rodríguez. Las cúpulas continuaron levantándose durante el siglo XIX y las cuatro grandes torres que caracterizan actualmente la silueta del Pilar no estuvieron terminadas hasta 1961.

El monumento es, por tanto, una obra colectiva desarrollada durante generaciones.

Y esa historia no terminó cuando se colocó la última piedra.

Desde entonces ha comenzado otra tarea igualmente importante: conservar lo construido.

Los Ríos, parte de la historia contemporánea del Pilar

La concesión del Premio Honorífico Fernando García Mercadal a las tres generaciones de la familia Ríos reconoce una trayectoria profesional mucho más amplia que su trabajo en la Basílica.

Pero resulta difícil encontrar un ejemplo que simbolice mejor esa continuidad que el Pilar.

Desde las delicadas obras de consolidación emprendidas por Teodoro Ríos Balaguer en 1929 hasta los trabajos desarrollados posteriormente por su hijo y su nieto, la historia de esta familia de arquitectos ha quedado ligada a la del monumento.

Y quizá por ello una sencilla frase de Teodoro Ríos Sola resulta tan sugerente.

Mientras miles de personas recorren cada día las naves de la Basílica mirando hacia sus cúpulas, existe, justo encima de ellas, otro Pilar.

Un Pilar oculto, construido a lo largo de los siglos y conocido solamente por quienes han tenido que estudiarlo y cuidarlo desde dentro.

Una entrecubierta inaccesible que, en palabras de quien lleva buena parte de su vida recorriendo el edificio, «es una preciosidad».

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